
y abre mis ojos y una flor que aún quedaba,
al parecer, tras mis cínicos labios.

Copio con mano atenta las palabras
que tú amaste y tu boca repetía
con la terca insistencia del oleaje:
zozobra, algarabía, barlovento,
sílabas que tus labios dibujaban
con festones dorados, en relieve,
y devienen conjuro enamorado:
púrpura, baldaquino, Samarcanda,
inauditos presentes que colgabas
de tu boca para saciar mi sed
reiterada de enigmas y quimeras:
Heliogábalo, azabache, tamarindo,
como heridas abiertas en la página
que sangraran bellezas y misterios
sobre mi verde soledad mezquina:
mandrágora, estandarte, vituperio.
Hoy vuelven, todas huéspedes amables,
para poblar de besos mis recuerdos
y el margen de los libros que leímos:
patibulario, pérgola, nostalgia...

Ella desmonta los pálidos sofismas del olvido
y coloca en mis párpados la luz que me alimenta,
la luz que me redime de un vértigo de nombres,
de un tumulto de cosas inútiles y oscuras
que, al cabo de las horas, nunca me dicen nada,
y nada solucionan, pues ninguna la toca,
ninguna la define con hambre suficiente,
ni explica su semblante, ni su carne revela.